Septiembre 28 de 2017

Crecí en Medellín, una ciudad pujante y llena de contrastes, de gente muy amable y emprendedora. Medellín amanece muy temprano, con las primeras luces del día la ciudad, rodeada de sus altas montañas, bulle en actividad: vendedores, comerciantes, carros, deportistas, amas de casa, niños, buses, metro… una ciudad que palpita de actividad y trabajo.

Un día cualquiera, buscando escapar a tanto frenesí, decidí buscar un lugar tranquilo donde pasar una semana acampando. Alguien me habló de Salento. Del Quindío sabía lo obligado: un departamento pequeño en el Eje Cafetero cuya capital, Armenia, había sufrido un devastador terremoto hacía algunos años. No más. Y aunque tenía un recuerdo vago de cafetales que acompañaron mis primeros años de infancia, porque nací en un pueblito chiquitico del viejo Caldas, estas tierras me eran ajenas y desconocidas.

Emprendí mi corto viaje por tierra. Apenas empecé a ver los primeros sembrados de café y las colinas que caracterizan la topografía del Eje Cafetero, tengo que admitirlo, me enamoré perdidamente. Al llegar al Quindío mi fascinación fue en aumento. A lado y lado de las carreteras, que en nada se parecen a las de Antioquia, el paisaje se abre en hermosas ondulaciones en donde parecen dormir pequeños pueblos. Llegué, después de perderme un poco y con numerosas indicaciones de personas que manifestaron hasta quererme llevar a mi lugar de destino, al Valle del Cocora. Deslumbrante, imponente, magnífico.  Una semana de caminadas largas cada día: Morro Gacho, Acaime, las cascadas y riberas del Río Quindío, Salento, Filandia. Y después, dos días antes del regreso a Medellín, Armenia.

Una ciudad pequeña en donde todo queda cerca, sin ser un pueblo. Aun hoy, casi tres años después, se puede caminar desde el norte de la ciudad hasta el centro sin sentir que se corre peligro, sin que su tráfico sea agobiante; se puede tomar en casi cualquier cafetería el mejor café. Una ciudad en la que aún los conductores se detienen para darle paso al peatón, una ciudad con un clima templado delicioso y donde es posible en mañanas o tardes despejadas contemplar los nevados. Una ciudad de gente confiada, con una amabilidad muy dulce y tranquila. En fin, una ciudad de andar pausado.

Dos meses después de ese viaje, me mudé definitivamente al Quindío. Y, claro, con la cercanía que la cotidianidad impone, Armenia y el Quindío van revelando a mis ojos unas texturas sociales complejas, unos contrastes extraños y unos paisajes urbanos inquietantes. Y de manera paralela, voy descubriendo también rincones entrañables y paisajes alucinantes.

Desde mi experiencia como Asesora Inmobiliaria en Medellín, durante 12 años, y trabajando ahora en el mismo sector de servicios en Armenia, quiero compartir mi visión estética sobre el desarrollo urbanístico de esta ciudad. Este blog inicia hoy y ahora, reconociendo en el Quindío un territorio hermoso y en Armenia una ciudad en progreso, y queriendo desde mi pequeño rincón aportar un poquito a este proceso de consolidación de una ciudad que puede ser modelo en Colombia.

Irene Orozco

 

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